Anoche me gané el Miró; aunque, si me preguntan, no
estoy seguro de si fue anoche o hace nueve años, cuando terminé El club de
ajedrez y decidí engavetarlo, como quien esconde a un hijo malportado.
Después, por ahí, en el camino, no me faltó quien me
diera ánimos para sacar a la luz a aquel vástago secreto y darlo a conocer: un
hijo malhablado, medio loco, desordenado, con algunos problemas y cuya única
virtud era un amor descomedido por el ajedrez; ese jueguito que aprendí a falta
de poder jugar cualquier otra cosa.
Pero fue anoche, después de algunos intentos, cuando
me avisaron que mi hijo había encontrado a alguien que lo viera con buenos
ojos y descubriera sus talentos, a pesar de sus faltas aparentes.
Me llamó, como a eso de las ocho, una dama que dijo
ser la viceministra de Cultura y, después de eso, no pude terminar de
escucharla: me puse a llorar. Lloré como si me hubiera ganado el Miró, ese que
siempre perseguí, que siempre quise, que siempre esperé…
Le doy gracias al jurado, que escogió por unanimidad mi novela, por las palabras excesivamente generosas que le dedicaron a mis desvelos y mis cansancios.
¡Mil gracias!

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